El nuevo rol de papá y mamá

El nuevo rol de papá y mamá

Los hombres ya no son lo que eran. Ahora, también barren, cocinan y cambian los pañales. Se trata de una tendencia que va en aumento y puede ser una inclinación por obligación o vocación.

 

 

Dr. Daniel Cazés Menache*

 

 

Los tiempos cambian, sí, pero lo esencial permanece: el hogar, el carácter que imprimimos a nuestras casas con nuestra dedicación, cuidados, vivencias y experiencias. En este sentido, el hecho de que papá o mamá se hagan cargo de las tareas del hogar, es con el fin de conseguir que la compleja maquinaria doméstica esté en marcha y que todos los engranajes funcionen perfectamente.

Cada día más hombres se están convirtiendo en “amos de casa”, y toman a su cargo las tareas de lavar, cocinar, planchar, cambiar los pañales a sus bebés, entre otros. El fenómeno se puede explicar en parte por la desocupación masculina en el mercado laboral, por la situación económica o, simplemente, por ser “modernos” algunos hombres comparten sin prejuicios las tareas domésticas, en sus diferentes versiones de maridos, compañeros o acompañantes, y están diseñando un nuevo mapa de relaciones con sus mujeres.

 

El papel del hombre

Muy pocos hombres han asumido como propias las obligaciones domésticas, tanto las del quehacer cotidiano como las del cuidado de los niños; la mayor parte dice: “yo ayudo a mi esposa en la casa”, lo cual es muy bueno, pues así como hay mujeres que contribuyen con la economía y ayudan a pagar la hipoteca, el coche, saldan las deudas, también los hombres pueden llegar a asumir no que son “amos de casa”, sino que tienen las mismas responsabilidades domésticas que sus compañeras; muy pocos hombres lo asumen y se reparten el trabajo de manera equitativa; pero, también muchos dicen: “yo ayudo en mi casa”, sin embargo, existen estadísticas que señalan que el 80 por ciento de estos hombres participan en las labores domésticas, pero no marcan cuántas horas por día, puede ser que ayuden a secar los trastes o a echar la ropa sucia y, entonces, con esto ya participan en las labores domésticas. No parece que este sea el camino adecuado para democratizar la vida cotidiana, porque esas estadísticas no son suficientes, falta saber ¿cuántas horas y veces por semana? Las mujeres trabajan entre cuatro y 18 horas más que los hombres y, por lo general, ese trabajo no se considera como aporte, sino como algo “natural”, lo cual ocasiona un gran problema de salud mental en la que todos estamos atrapados.

 

Los hombres participan más…

Quizá no les queda de otra, o de alguna manera sus mujeres los empujan, sea esposa, madre, prima, hermana, etcétera. Se dice que cada vez hay más hombres que participan en las labores domésticas, pero esta participación es cuestionable, pues los hombres aprenden del lenguaje feminista, es decir, lo asumen para complacer a sus esposas y para mantener el status quo (actual), pero no cambian su actitud, y el trabajo doméstico se debe asumir con responsabilidad.

Cuando se sienten obligados, se quieren divorciar, separar, o se van a vivir a otro lado. En este contexto, las mujeres sí han cambiado y transformado su vida, no han cambiado al mundo, pero si han contribuido a que sea diferente de cómo era hace 50 o 60 años. Los hombres hemos aprendido a sobrevivir de esta manera, pues también es cierto que hay mujeres que se sienten muy inseguras si no tienen a un hombre cerca y nos aprovechamos de ellas para manejar la situación, sin embargo, hay cada vez menos mujeres dispuestas a soportar esta situación, entonces algunos hombres piensan: “bueno de que pierda todo el servicio, incluyendo el sexual, mejor me quedo”.

Por eso, se debe especificar cómo participan en las labores y se notará la diferencia entre participar y asumir como propias las tareas domésticas.

 

¿Cómo deben asumir las labores domésticas?

El origen de la enajenación masculina, es decir, la idea de que el poder y el dominio son la felicidad, cuando en realidad existen otras vías para lograr la felicidad, es un factor que cada hombre debe trabajar, en el sentido de tomar en cuenta que es mejor compartir la vida con las mujeres, sin embargo es algo que muy pocos hombres hacen. La enajenación masculina es la que se ha programado a los hombres (niños, adolescentes y adultos), se les dice que ganar, controlar, triunfar y ser fuertes es la felicidad. Y lo principal en la vida humana no es la fuerza, el control, sino concebir la felicidad y construir la libertad.

 

Igualdad y sensibilidad de géneros

Las mujeres han hecho un enorme esfuerzo para transformar su cotidianidad y condición; en cambio, los hombres no. Está demostrado que las mujeres asumen su inferioridad, sus sentimientos y se revelan; los hombres están programados para asumir el dominio. De aquí, el movimiento feminista no es el movimiento que ataca a los hombres, es un movimiento que surgió, que propuso ideas y cambió la forma de ver la vida, llevó a muchas mujeres a cuestionar su cotidianidad y buscar caminos diferentes, se trata entonces, de un movimiento que ha transformado los roles.

Así, la sensibilización femenina ayuda a realizar labores del hogar, por lo tanto, cuando los hombres se involucran en las labores, esto los sensibiliza, los hace más fuertes, además de sentirse superiores a todo, “soy superior porque me meto en la casa y saco a mi mujer de la cocina, mientras ella cocina en sartenes, yo cocino en horno de microondas”. Tiene que ver con la atención del poder cotidiano, pero no es que el hombre sea culpable, sino porque está programado para eso y hay personas que son felices así. Aunque, existen mujeres que consideran que los hombres no deben cocinar o planchar. Esto se debe a la programación social, es para eso para lo que estamos, y cada una de esas programaciones nos impide no solamente ser más libres, sino gozar más de la vida. Cualquier círculo de hombres va a estar en constante competencia debido a esta programación, quién es mejor, a quién no mandan, etcétera. A los hombres les preocupa que se les vea débil o se les relacione con lo femenino, como lavar, planchar, cocinar, ir por los niños, etcétera.

 

Mujeres delicadas, hombres más toscos

La delicadeza depende y tiene que ver en cómo cada persona se relaciona con los demás; es totalmente errónea la idea de que a los niños hay que maltratarlos para que se hagan hombres, y a las mujeres hay que apartarlas para que se hagan mujeres, lo ideal es tratar con delicadeza y amor al otro, mostrar cariño, y con esto se le da seguridad al hombre y a la mujer, pues no necesariamente los hombres son o deben ser los más fuertes. Hay mujeres muy fuertes, y más que muchos hombres, y fuertes no sólo físicamente sino al enfrentar la vida.

Por eso, hay que desmentir que los roles son naturales y que vienen con el paquete genético, es decir, borrar la idea de que a las mujeres les sale mejor lavar y planchar. Sólo se trata de un elemento ideológico de poder que todos los hombres ejercemos sobre todas las mujeres, y que cada hombre ejerce en general por lo menos con una mujer. Lo que sucede es que desde el nacimiento se hace una clasificación: “es una niña o es un niño” y desde ese momento se marca la condición masculina (poder y dominio) o la condición femenina (sumisión y obediencia).

 

¿Cómo asumir los roles?

Hay cada vez menos mujeres que ven su vida como obligatoriamente materna; estaban destinadas a ser madres y siguen estando en muchos ámbitos, pero cada vez hay menos, pues han descubierto que hay otras vías de realización social. Dentro de estos cambios, las mujeres han tenido acceso a cargos públicos. Respecto de la condición masculina, el primer principio es saber a qué estamos dispuestos a renunciar y cuándo vamos a hacerlo. Las mujeres crean otras cosas descubren espacios propios y aportan visiones del mundo, propuestas que posiblemente nosotros no hacemos.

Pero, lo principal es tener relaciones igualitarias, en donde tanto al hombre y mujer les debe importar lo que les pasa a sus parejas. Por eso, es importante que cada uno haga conciencia sobre lo que está viviendo, que sepa a qué privilegios y enajenación están dispuestas a renunciar, en qué momento y cómo le van a hacer. No se trata de hacer un movimiento y ser todos “buenos”, es decir, un grupo de hombres que ayudan en la casa, que han aprendido muy bien. Las mujeres no tienen privilegios a los cuales renunciar, por eso ellas hacen el cambio, todo lo que tienen son espacios por ganar, en cambio, a los hombres no nos importa vivir enajenados.

Las mujeres, en general, desean que los hombres cambien. Es verdad que la educación patriarcal también les ha afectado a ellas y algunas prefieren quedarse como están, pero está demostrado que las parejas con reparto de tareas equitativo son mucho más felices, con menos estrés, más salud y con hijos con mayor rendimiento escolar.

 

DATOS DE AUTOR:

* Investigador del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades, miembro del Consejo de Derechos Humanos del DF y miembro del Observatorio Ciudadano de los Derechos de las Mujeres de la Academia Mexicana de Derechos Humanos.