Desórdenes alimenticios en los niños

Desórdenes alimenticios en los niños

 

La cultura del consumismo impone al individuo actual la necesidad de adecuar su organismo a ciertos cánones de belleza. La creciente incidencia de desórdenes alimentarios como la Bulimia y la Anorexia son consecuencia de ello. Los niños no escapan a esta tendencia actual.

Lic. Griselda Vega

 

No todos podemos dar una definición elaborada de “salud”, pero todos conocemos su importancia. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), ésta es “un estado de completo bienestar físico, mental y social”. La salud no solamente se da en la ausencia de enfermedades, sino que necesitamos de recursos físicos, psicológicos y sociales para alcanzarla. La prevención tiene que ver con estos recursos y si alguien debe conocer la importancia de la prevención, estos son los padres.

Es vital que los niños tengan una adecuada nutrición y una dieta sana para que su potencial de desarrollo sea óptimo. Durante la infancia y la adolescencia, los hábitos dietéticos, equilibrio emocional y social, y el ejercicio pueden marcar la diferencia entre una vida sana y el riesgo de sufrir enfermedades o desórdenes alimenticios.

Desórdenes alimenticios

Son cada vez más frecuentes, llegando a convertirse en ocasiones en un drama social: la anorexia tiene una tasa de mortalidad 12 veces mayor en el caso de las mujeres de entre 15 y 24 años, que cualquier otra causa o enfermedad. Por lo general, se considera que los desórdenes alimenticios se producen principalmente por la tendencia creciente a consumir comida rápida, y por otro lado, debido también a la presión social y cultural que ejercen determinados valores.

Estos valores, que bombardean a los ciudadanos a través sobre todo de la publicidad, tienen un efecto especialmente nocivo en los niños y en los jóvenes. Con frecuencia, estos efectos derivan en desórdenes en la alimentación, como la anorexia o la bulimia nerviosas, que provocan delgadez excesiva y la preocupación u obsesión psicológica por no ganar peso.

La hora de la comida puede ser de los peores momentos del día cuando el niño no quiere comer o únicamente consume ciertos alimentos que son de su agrado y se olvida de las verduras y lo que verdaderamente le nutre.

Es común que haya niños que no quieran comer, que rechacen las verduras y prefieran comida chatarra o no muy sana, pero recientemente también ya hay niñas de seis años con problemas como la anorexia y la bulimia, porque los menores también se han hecho una idea de lo que es el cuerpo ideal.

Atención padres de familia

En algunas etapas del desarrollo del niño es normal que no quiera comer, por lo que los padres sólo deben preocuparse si observan otros síntomas como la tristeza o depresión. 


Como padres, no se debe poner el mal ejemplo a los niños rechazando ciertos alimentos como las verduras. 


Procurar que el ambiente familiar a la hora de la comida sea tranquilo y permita una buena convivencia. 


Tratar de no discutir a la hora de comer. 


No permitir que los menores ingieran alimentos 
chatarra entre comidas. 


Se debe buscar variedad en los alimentos para no 
aburrirlos. 


A la hora de comer, no se debe permitir al niño ver 
televisión, jugar ni leer. 


Los padres deben llevar a sus niños con el pediatra 
para sus revisiones y así verificar que el desarrollo de peso y talla sea adecuado. 


       Causas que pueden provocar el desorden

Los niños buscan la aceptación de sus padres. Ellos a menudo necesitan asegurarse que están actuando bien a los ojos de sus padres. Si hay una falta de alabanzas el niño puede sentirse desaprobado, contribuyendo a una baja autoestima. 


En algunas familias donde un padre es la fuerza de la disciplina, el padre que tiene este rol tiende a ver la desobediencia como un desafío directo, y puede perder la paciencia más rápidamente que el otro. Debido a ello, los niños a menudo pueden aprender desde pequeños que nada de lo que hagan está bien a los ojos de los padres. Esto puede llevar a actitudes perfeccionistas e infelicidad con todo lo que hacen. 


La obsesión con el peso y la imagen corporal de uno o de ambos padres puede llevar a lo mismo al niño. Comedores compulsivos, anorexia o bulimia de uno o ambos de los padres incrementa el riesgo de desarrollar un desorden alimenticio en los niños. 


Si alguno de los padres tiene una actitud negativa de afrontar la vida (un desorden alimenticio, alcoholismo, adicciones a drogas, etcétera), el niño tiene un mayor riesgo de desarrollar un mecanismo negativo de afrontar la vida, incluyendo un desorden alimenticio. 


Los padres adictos al trabajo y que tienen problemas con las obligaciones con su hijo (citas con profesores, ceremonias de premios, eventos deportivos, etcétera), a menudo les hacen sentir menos importantes y no aprobados. A los niños en esta situación puede que nadie está allí por ellos y pueden ir hacia otras formas de superar problemas. 


• Si hay abuso (físico, emocional o sexual) por parte de uno o ambos padres el niño aprenderá a culparse a él mismo, pensando que es su culpa, que nunca hace nada bien, y que merece que le odien (baja autoestima).

• El divorcio dentro de la familia, sobre todo durante la adolescencia (cuando buscan la aceptación de los amigos y se enfrentan a los cambios hormonales y corporales), pueden llevar al niño a buscar la aceptación y la atención de uno o ambos padres. Esto puede crear estrés y sentimientos de tristeza y soledad.

• La falta de comunicación o falta de validación de los padres, puede llevar a los niños a sentir que sus sentimientos no importan, que lo que hacen y sienten no tienen sentido, y que no son queridos ni aceptados.

• Niños en ambientes donde son se les permite expresar sus emociones (no llorar, no volverme loco, no gritar, etcétera) o que son castigados por expresar emociones crecerán creyendo que deben esconder sus emociones. Esto lleva a buscar otras formas de afrontar la tristeza, angustia, depresión y soledad.

• Los padres que son perfeccionistas y/o son particularmente duros con ellos mismos, serán un ejemplo para que sus niños hagan lo mismo.

• Si algún padre sufre de algún trastorno psicológico (diagnosticado o no) como depresión, trastorno obsesivo- compulsivo o ansiedad, estudios recientes indican que sus hijos pueden nacer con una predisposición a estos trastornos. Esta predisposición incrementará las posibilidades de desarrollar una necesidad de superar

las características emocionales de la enfermedad más tarde, posiblemente desarrollando un desorden alimenticio.

Una larga y/o grave enfermedad de uno de los padres puede crear un ambiente roto para el niño. En un gran número de casos esto hace aumentar las responsabilidades del niño en la familia. Le puede hacer sentir que pierde el control, deprimido y solo (como si se hubieran olvidado de él o de sus necesidades). 


El abandono de un padre puede llevar al niño a cuestionarse su identidad, si merece ser querido, si es lo suficientemente bueno y porque su padre le ha abandonado. Puede condicionar a una baja autoestima. 


La muerte de un padre crea un gran trauma en la vida del niño. Le hace sentir enfadado, impotente y deprimido. Puede sentir la necesidad de encontrar algo en la vida que le haga sentir bajo control. Un niño que pierde un padre tiene más posibilidades de desarrollar depresión, alcoholismo, adicción a las drogas o algún desorden alimentario. 


Una pequeña niña, en concreto una hija única o de una familia con solo hijas, puede sentir que su padre quería un niño. Esto puede crear un conflicto emocional para ella cuando alcanza la pubertad, al inicio del desarrollo de su cuerpo. Un desorden alimenticio puede ser una tentativa de rebelión para controlar el crecimiento de sus caderas y pechos. 


Las niñas suelen tender a querer ser el tipo de mujeres que a sus padres les gustaría o con la cual se casarían. Los padres que hacen comentarios acerca del cuerpo o el peso de otras mujeres, sus esposas o sus hijas pueden hacer 
 sentir a la niña que el tamaño de su cuerpo determina lo mucho o poco que la quiere. Puede crear una obsesión con su peso y una batalla para buscar el amor del padre y su aprobación.

• Las mujeres tienen un porcentaje mayor que los hombres en relación a los temas de imagen corporal, las madres tienden a influenciar las creencias de sus hijas sobre estar cómodas con sus propios cuerpos. Una niña con una madre que ha desordenado las pautas alimentarias, quien está continuamente a dieta o está obsesionada con su apariencia y que está constantemente encima de su peso y/o el de su hija, tendrá una probabilidad más alta de desarrollar posteriormente un desorden alimenticio.

 

Comunicación, elemento esencial para la autoestima

Si los padres enfatizan la aceptación por sus hijos a través de exigencias paternas desmesuradas, el riesgo de que los hijos desarrollen trastornos alimenticios aumenta. De hecho, una actitud paterna de este tipo provoca que los adolescentes se vuelvan más vulnerables a las exigencias de los mensajes publicitarios.

Por el contrario, si la comunicación con los hijos favorece que éstos obtengan refuerzos positivos acerca de ellos mismos, los jóvenes parecen menos propicios a intentar alcanzar la perfección a través de sus cuerpos y, por lo tanto, tienen menos riesgos de caer en malos hábitos de alimentación.

Cómo prevenir los trastornos

Existen metas de prevención que pueden ser adoptadas como puntos de referencia, tanto por padres como por profesores:

Las metas de prevención nunca se miden en 
“peso o kilos”, sino en actitudes saludables hacia el peso y alimentación. Lo importante raramente es el peso (salvo cuando éste significa un problema de salud), sino una auto-imagen positiva. 


Es importante ayudar a los jóvenes a diferenciar el peso de la autoestima. Para muchos, la autoestima se construye casi enteramente sobre la apariencia. Debemos ayudar a los jóvenes a apreciar lo que el cuerpo les permite hacer y no solamente condicionar al cuerpo a una cuestión de apariencia. Esto significa que debemos evitar los comentarios y las críticas que tengan que ver con la apariencia y el peso. 


Los desórdenes o trastornos de alimentación tienen que ver con un miedo excesivo al aumento de peso o a la “gordura”. Esto refleja en parte el rechazo y la discriminación hacia la obesidad. Debemos eliminar o reducir este miedo a favor de actitudes más flexibles y más sanas en cuanto al peso y a la figura. Los prejuicios hacia la 


obesidad son socialmente inaceptables y psicológicamente perjudiciales. Estos prejuicios contribuyen directamente a los problemas de auto-imagen, baja autoestima, depresión y sedentarismo, los cuales aumentan los riesgos de un desorden alimenticio. La glorificación de la delgadez y las dietas restrictivas no son una solución a la epidemia de obesidad sino un problema.

4. Los adultos debemos ayudar a los niños y a los jóvenes a ser personas saludables, incluyendo la práctica regular de ejercicio y los buenos hábitos alimenticios. Una buena nutrición debe satisfacer la sensación de hambre y además debe respetar la sensación de saciedad. Los padres deberían de ser capaces de monitorear las comidas de sus hijos. No vale predicar una alimentación sana y solamente ofrecer comidas muy altas en grasas y azúcares.

5. Los jóvenes y niños de hoy viven en un mundo orientado hacia el desempeño, esto significa que se les exige mucho. Es importante, por lo tanto, enseñarles habilidades para el manejo del estrés de acuerdo con su edad.

6. Es importante ayudarles a desarrollar una actitud crítica. No cabe duda que desde hace 20 años nuestro entorno nutricional se ha vuelto cada vez más tóxico. Por un lado, estamos bombardeados de alimentos light y, por otro, de alimentos que no aportan nutrimentos. El tamaño de las porciones ha aumentado, así como también el tiempo que se pasa frente a la televisión y a la computadora. Esto significa que nuestros hijos son más propensos a los malos hábitos. Es necesario entonces darles criterios para que puedan tomar buenas decisiones.

7. Es muy importante que los padres hablen con sus hijos, que les inculquen valores, que la apariencia no es ni lo más importante ni lo único, y que les enseñen a alimentarse bien, nutritivamente, y a hacer ejercicio regularmente, sin que tengan que preocuparse por su peso.

8. Cuando el menor ya presenta un cuadro grave, es necesario acudir con un especialista, con el pediatra o a terapia psicológica.

Periodista: experta en temas de salud. BIBLIOGRAfÍA

    Asociación Mexicana de Trastornos Alimentarios A. C. (AMTA). Correo electrónico: amta@campus.iztacala.unam.mx 


    Moguel M. Los trastornos alimentarios, ¿cómo construyes tu vida? En: Álvarez y Battaglia. Monografía de bulimia y anorexia. Disponible en: www.monografias.com. 


GuíadeTrastornosAlimentarios.CentroNacionaldeEquidaddeGéneroySaludReproductiva,Secretaría de Salud. México. 2008